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Este fin de semana tuvimos el hermoso regalo de poder compartir un seminario de danza con Juan Saavedra en Córdoba.
Cuantas gracias doy a estos brujos de la vida, seres que no titubean ni un segundo a la hora de hablar del espíritu y el corazón, de la magia y el misterio, de la vida y la hermandad, personitas despiertas como él que te invitan al deleite de la vida, que te ayudan a reafirmar eso que late y late (…y es cierto) dentro de uno, pero que ¡cuántas veces! La ciudad, la corrida cotidiana y el mundo actual tapan de tierra y esconden…

Con mucha simpleza nos decía: ¡busquen proyectos de vida alegres!, búsquenlo y opten por ese camino…
Pienso que las palabras solo cobran vida cuando se llenan de contenido, cuando se nutren de sentimiento, sentido y acción… y él, desde sus sesenta y pico de años nos invita a esa Juventud que no se detiene, transformada en danza, en danza como la vida misma, en vida como la plenitud misma, en abrazo, en sonrisas, en llantos.

No hace falta entender el significado de la palabra hermano, si cuando sale de sus labios vibra el amor por el aire, no hace falta explicar quienes son los ancestros ni donde habitan, si cuando gira su cuerpo se eleva, sus ojos se vuelven incandescentes, y sus brazos miden mucho mas que la extensión de sus dedos…

¡Gracias Juan! Por transmitir el mensaje de la tierra, por ayudarnos a seguir despiertos, a no perder la capacidad de maravillarnos, a seguir sorprendidos por el milagro de la existencia.

Me pregunto que diferencia real existe entre la jaula del canario, con media sombra al sol, con el alpiste desabrido para la pancita sin hambre y la hamaca de plástico para intentar que el tiempo de vida que resta pase lo mas rápido posible, como sin advertirlo, y la viejecita aquella que veo todas las mañanas cuando voy camino a mi trabajo. Que diferencia real existirá entre esa jaula de metal del pajarito y esta otra de cemento y frio llamada geriátrico…… miro por esa ventana y registro:
-una taza blanca
-el mismo mantel todas las mañanas
-un juego de dados
-un poco de pan
… y tu silla al lado de la ventana, te ponen a tomar luz, igual que a aquel pajarito….
Y así transcurren tus días, en esta espera muerta, en estos días sin ilusiones, sin emociones, en una vida que casi ya no es vida.
Quisiera agarrarte de la mano y que salgamos a correr, a gastar sin cuidado y derrochonamente lo que te queda de vida, a jugar como cuando niña, a caerte y levantarte, y si ya no podés levantarte, a seguir jugando en el suelo metiendo las patas en la arena, a brindar con un vinito rico, a comer tu comida favorita, a que te pongas tu vestido mas lindo y salgamos a abrazar gente, amigos, desconocidos, a acariciar perros, a darles de comer a las palomas, a escuchar latir un bombo para vibrar por dentro, a llorar con violines, a bailar lo que se pueda, a mezclarse en la juventud, a oler las flores cada vez que se abran….
A volver la vida Digna: Celebración y Alegría.

Hola, mi nombre es Sol Pérez, vivo en Córdoba Capital y simplemente me senté a relatar esto porque necesitaba compartirlo para que no muera en mi.

Un día, hace una o dos semanas atrás, yendo camino al paseo de las artes me encontré con la calle Belgrano cortada y un escenario armado muy rústicamente en la parte de atrás de un camión.
A medida que me fui acercando me di cuenta que había muchos obreros todos recién salían de trabajar, y estaban sus familias, mujeres y niños. Me acerque a preguntarles a que se debía la congregación y los dos hombres con los que hablé, con los ojos llenos de lágrimas me dijeron que se juntaban a brindarles una misa a sus dos compañeros fallecidos en la obra que se estaba realizando justo allí.

Fallecieron por la desprotección, por la falta de seguridad, por la macabra concepción de que hay vidas que valen menos que otras.

Más tarde, esa misma noche, volví a pasar por el lugar y me encontré con mucho silencio y toda la pared de afuera de la obra repleta de flores, papelitos, ofrendas…..me encontré con un Altar, me encontré con un montón de flores que hablaban de dolor y de injusticia….algo así como un grito del corazón.
Al otro día, camino a mi trabajo, siendo las 7:30 de la mañana, me encontré con: con nada, ni un rastro, ni una flor, ni un papelito, ni un símbolo de aquel altar del día anterior. Ni siquiera hubo lugar para el respeto al dolor, a las muertes, a la vida. Borrado como se borra todo. Me dolieron mucho estas “fotografías” tan crueles de la realidad, pensé en hacer algo, algo que moleste mucho, por ejemplo: un altar….algo que se convierta en lugar de visita de los obreros y la gente, no se, no se bien que, pero algo que justo en frente de esa obra que seguro en dos meses y como si nada se termina, no deje que se pase por alto semejante falta de humanidad, de amor.

Gracias a los que se detienen a leer esto, si sirve para hacer algo mejor, y sino al menos para compartir este sentir con quienes son mis hermanos, con quienes se dejan atravesar por los sentimientos que llegan al corazón, con quienes aún viven y sienten la vida desde este lugar.

Este texto pertenece al escritor y periodista Ricardo Dubin que vive en Tilcara y tiene una página con cuentos y notas sobre la quebrada de Humahuaca en www.intuiciones.com.ar . Su mirada nos recuerda al gran músico Ricardo Vilca fallecido recientemente.

Ricardo Vilca

EL BILLETE DE VILCA.

Juan José Ferreira Miranda y el vallisto se acercaron a una mesa. El hombre los miró con una tristeza profunda y les preguntó si querían escuchar su historia. No querían otra cosa.

Yo tenía a mi changuito muy enfermo, dijo. Lo habíamos llevado al hospital, días enteros esperando turnos, y nos mandaban a ver a otros médicos que tampoco tenían soluciones. Vimos a curanderos de todo tipo, pero nada.

Fue cuando se me dio por beber. No recuerdo, pero una noche tocaba Ricardo Vilca. Se sentó en una tarima y acarició la guitarra. Era un gusto. Cuando terminó, se acercó a la mesa donde estaba y compartimos un rato. No se porqué le conté lo que me pasaba.

Habrá creído que lloraba por plata, buscó en su bolsillo y me dio un billete. Quise decirle que no era eso, pero alguien me dijo que lo aceptara, que valía más de lo que podía imaginar. Lo guardé en la billetera, y al regresar a casa mi mujer me dijo que el chango había sanado.

Lo tuvimos sanito hasta la primavera. Yo me había curado y la vida parecía ser una fiesta. Todo hasta que me roban la billetera. Me sentí horrorizado de sólo pensarlo, no se porqué tuve esa intuición: no me importaba nada de lo que se habían llevado salvo ese billete.

Volví corriendo. Me subí a un remis y le pedí que me llevara a Tilcara. Corría contra el tiempo. Cuando estaba ya en la puerta de casa, escucho alguien que dice: pobre, ese es el que cree que su hijo está sanito. No soportó perderlo.

Ahí comprendí que esos ladrones no sabían lo que me habían robado, que andaban por ahí, quien sabe haciendo qué milagro.

Este espacio es para que escribas pequeñas historias sobre la vida en tu pueblo. Contanos sus realidades, su actividad cultural, sus paisajes y su música, con una mirada personal sobre tu pequeña aldea.

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